Miguel Hernández
Por dónde empezar a leer a Miguel Hernández: El rayo que no cesa. Después, en orden de lectura: Viento del pueblo, El hombre acecha, Cancionero y romancero de ausencias y El labrador de más aire.
Por qué importa
Pocas obras poéticas en español muestran un recorrido tan intenso en tan poco tiempo. Miguel Hernández empezó imitando a Góngora y a los clásicos del Siglo de Oro. Pasó por el soneto amoroso más desgarrado del siglo XX y por la poesía de combate de la Guerra Civil, y acabó en una lírica desnuda escrita desde la cárcel, de una hondura que todavía estremece. Su poesía junta el oficio de los clásicos, la fuerza física de la tierra y del cuerpo y una sinceridad sin ninguna pose. Leerlo es asistir a cómo un poeta enorme se forma ante nuestros ojos y se apaga demasiado pronto.
Por dónde empezar a leer a Miguel Hernández
Lo mejor es empezar por «El rayo que no cesa». Es su libro más redondo y más fácil de abordar: sonetos de amor y pena perfectamente construidos, con una pasión que llega enseguida. Si engancha, puede seguirse el orden de su vida, de la guerra a la prisión.
Sus obras, en orden de lectura
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El rayo que no cesa 1936 Empieza aquí
Su libro más logrado y la mejor entrada. Son sonetos de amor contrariado y de pena física, con una métrica clásica impecable al servicio de una emoción cruda. Incluye la «Elegía» a Ramón Sijé, uno de los grandes poemas fúnebres de la lengua.
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Viento del pueblo 1937 Accesible
Poesía de guerra escrita para ser recitada en el frente y en los mítines. Es directa, sonora y comprometida, y en ella están «Vientos del pueblo me llevan» y «El niño yuntero». Algunos poemas pesan por su tono de arenga, pero los mejores siguen teniendo una fuerza enorme.
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El hombre acecha 1939 Intermedia
El reverso amargo de la épica anterior. Con la guerra perdiéndose, el entusiasmo da paso al horror ante los heridos, las cárceles y el odio. Es un libro más sombrío y reflexivo, y hace de puente necesario hacia su etapa final.
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Cancionero y romancero de ausencias 1958 Intermedia
Para muchos es su cumbre: poemas breves, casi populares, escritos en torno a la cárcel, el hijo muerto, la esposa y la ausencia. Aquí están las «Nanas de la cebolla». Su sencillez es engañosa, porque cada verso está depurado al máximo. Conviene leerlo despacio.
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El labrador de más aire 1937 Exigente
Drama en verso de corte lopesco sobre un campesino orgulloso y la injusticia social en el campo. Tiene pasajes líricos hermosos, pero como teatro resulta irregular y pesa más su deuda con el Siglo de Oro que su originalidad. Es para quien ya quiere conocer al Hernández completo.
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